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—Arlene R. Taylor PhD

©Arlene R. Taylor PhD

Se conocieron en un territorio neutro, por lo menos así lo describió la pareja. De hecho, si sus respectivas familias no hubieran inmigrado a Canadá, Leejan y Teresa quizá nunca se habrían conocido. Durante su noviazgo de dos años no tuvieron ningún problema, salvo por las diferencias entre las familias. Sin embargo, todos se comportaban en forma amable con los demás hasta que la pareja anunció sus planes para casarse. Entonces, los vientos cambiaron y empezaron las dificultades.

“Hijo mío,” canturreó el padre de Leejan, “nosotros somos de Lapland y la familia de Teresa es de Portugal. ¡Lo único que esos dos lugares tienen en común es que están en el mismo planeta!”

“Teresa,” gritó a su vez su padre, “Leejan es un buen chico pero su familia proviene de nómadas que pastoreaban renos. Nosotros provenimos de un largo linaje de pescadores. Ellos hablan finlandés y nosotros hablamos portugués. ¿Acaso no son cosas muy diferentes?”

Cuando hizo una pausa para respirar, Teresa preguntó, “¿Qué quieres decir con eso, papá?”

“Lo que quiero decir,” respondió, “es tradición.” Inclinó la barbilla indicando que este hecho por sí solo debería poner las cosas en claro.

Por su parte, a la madre de Leejan le preocupaba que sus nietos no aprenderían a hablar finlandés. Por otro lado, a la madre de Teresa le preocupaba que sus nietos no podrían conversar en portugués.

“Yo les enseñaré finlandés,” dijo Leejan.

“Y yo les enseñaré portugués,” dijo Teresa. “Sus nietos serán trilingües. ¡Imagínense todas las ventajas que tendrán al poder conversar en tres idiomas!”

“Siempre pensamos que Teresa encontraría a un buen chico de Portugal,” protestaron las tías de Teresa.

“Siempre pensamos que Leejan se casaría con una linda chica de Lapland,” renegaron los tíos de Leejan.

Y así ocurrió. Mientras los familiares se concentraban en las diferencias entre una familia y otra, todos temían lo peor pensando que sus tradiciones únicas desaparecerían.

Leejan y Teresa analizaron una y otra vez los puntos de vista de sus familias; y a pesar de la falta de similitudes entre una familia y otra, eventualmente los jóvenes decidieron pasar juntos el resto de sus vidas. “Viéndolo desde un punto de vista,” dijo Leejan, “al casarnos, nos casamos con las familias,” pero viéndolo desde otro punto de vista, estamos creando nuestro propio hogar. Estoy seguro de que nuestras familias son lo suficientemente listas como para ser amables unos con los otros.” 

“Y podemos convivir con cada familia por separado,” añadió Teresa. “Salvo por la boda, no tienen que entrometerse unos con otros.” Entonces fijaron la fecha de la boda. Los futuros novios estaban entusiasmados, pero no sus respectivas familias.

El día de la boda del mes de julio era cálido y hermoso. La ceremonia se programó para las 7 de la tarde. Para entonces la temperatura se había vuelto muy bochornosa. Sin embargo, dentro de la capilla sin denominación religiosa, la atmósfera se sentía frígida, y no era culpa del aire acondicionado porque no había ninguno. Pero definitivamente se sentía un aire gélido cuando los miembros de las familias se aseguraban de sentarse en el lado correcto del pasillo de la capilla.

Algunos de los familiares de Teresa se presentaron en atuendos portugueses tradicionales. Sin considerar la temporada de verano, un número de familiares de Leejan llevaban ropa obviamente adecuada para la vida del Círculo Ártico. Hubo algunos intercambios de saludos con inclinaciones de la cabeza de un lado del pasillo al otro, pero no pasó de eso. Los únicos sonidos provenían del órgano y de algunos jadeos suaves de las tías.

Sorpresivamente, el cortejo nupcial llegó a tiempo. Se podían escuchar murmullos por toda la capilla a medida que el cortejo procedía hacia el frente. Leejan y Teresa estaban tranquilos y sonrientes, obviamente felices. Sus familias no lo estaban.

Se presentaron las comunes contrariedades de las ceremonias nupciales. Hacía tanto calor que los pétalos de las rosas se pegaron a las manos de la damita que las llevaba hasta que el paje de los anillos, su gemelo de cuatro años, volteó la canasta para que “los pételos se movieran”, como lo explicó con sus palabras. Algunas velas de 18 pulgadas estaban derritiéndose hasta el punto que la coordinadora de la boda decidió no encenderlas. La ceremonia con la música, las lecturas y recomendaciones se hicieron muy lentas. Mientras que el ministro hablaba interminablemente, los gemelos se sentaron en el piso junto a los novios y se quedaron dormidos. El aire se sentía muy denso y uno de los padrinos intentó abrir una ventana, sin poderlo lograr.

En el momento tradicional de la ceremonia, la novia volteó para entregar su ramillete de flores a la dama de honor, madre de los gemelos y en estado de embarazo. Sin embargo, en lugar de tomar el ramillete, la dama de honor emitió un gemido suave y se cayó hacia un lado con los ojos en blanco. La primera dama, sin esperar que le cayeran 147 libras encima, se movió precariamente contra la segunda dama. La fila de las damas, al fin y al cabo muy inestables con tacones de 5 pulgadas, se derrumbó. En cámara lenta, una encima de otra, la dama de honor y dos damas cayeron como dominó, creando un montón de vestidos color pastel, zapatos por doquier y ramilletes de flores esparcidos.

Un suspiro colectivo surgió de los invitados. La novia gritó y dejó caer su ramillete. Leejan volteó para ver qué había incitado el grito de su voluptuosa y ataviada novia. Dándose cuenta de la situación, soltó la mano de Teresa y se inclinó tras ella intentando alcanzar a las mujeres caídas. Lamentablemente, se tropezó con el velo de Teresa. Novio, velo y corona cayeron al suelo.

La novia gritó de nuevo, pero esta vez más fuerte. Se escucharon más suspiros de los invitados. Con la intención de ayudar, los padrinos junto al novio se percataron de su obligación y saltaron al rescate. En su proceso de socorrista, el padrino principal cayó sobre un pedestal, tumbándolo junto con la vela gruesa de la unidad. El golpe y el alboroto despertaron a los gemelos e inmediatamente empezaron a lamentarse. Otro padrino, tropezando con el ministro que se había agachando para tranquilizar a los gemelos, tumbó un enorme florero de gladiolas que se encontraba encima de un pedestal zanquivano en una posición peligrosa. Las flores, helechos y agua caían como cascada por los escalones de mármol del altar. Los resbaladizos escalones causaron la caída de un tercer padrino.

Se escuchaban comentarios por doquier. ¡Qué barbaridad! ¡Te dije que esta boda no era una buena idea! Es un mal agüero. ¡La ruina para las dos familias! ¿En tu vida habías visto...? De repente, desde el medio del caos y escándalo se escucharon unas risitas. Como un arroyo abriendo paso al mar, el sonido aumentaba cada vez más. La pequeña damita había cambiado sus lágrimas por risa.

“¡Qué gracioso!” decía en medio de sus risitas. “¡Muy divertido!” agregó su hermano gemelo y ambos niños empezaron a reír a gritos.

“Silencio, niños,” se escuchó decir a un miembro de la familia. “No es gracioso, dejen de reír.”

“¡No puedo!” añadió la damita entre repiques de risotadas. “¡Es la mejorísima boda del mundo! ¡Mira! ¡Leejan tiene una flor en la oreja.” Y era cierto, junto con una ramita de una desgarbada flor de velo de novia.

La risa de los gemelos era contagiosa y poco a poco se empezaron a escuchar toses discretas convirtiéndose en risitas y luego en risotadas divertidísimas. Teresa, con la corona acomodada pero en un ángulo precario, miró a Leejan y ambos empezaron a reír. Tímidamente al principio, pero luego más fuerte, hasta que ambos colgaban de sí, con lágrimas de risa escurriendo por las mejillas. En unos minutos, los invitados de ambos lados del pasillo habían dejado de intentar cordura y se doblaban de la risa. Por su parte, la bisabuela reía tan fuerte que su silla de ruedas se mecía sin parar.

Cuando todo el cortejo nupcial se había enderezado, a pesar de faltar algunos zapatos y con la ropa empapada y arrugada, ramilletes regados, el ministro dio paso a una de sus acciones más prominentes de toda su carrera en el clero. Tomando los anillos del cojín blanco satinado, levantó la voz y dijo, “¡los declaro marido y mujer!” Y luego se aseguró de que Leejan y Teresa se pusieran los anillos en los dedos correctos.

El ministro, con papeles empapados en una mano, indicó a los invitados que “pasaran a la carpa de la recepción para comer.” Habiendo terminado su trabajo, dejó de esforzarse para mantener la cordura y soltó fuertes carcajadas. Entre risa y risa, se podía escuchar que decía “En treinta años... digo, en toda mi carrera... ¡qué barbaridad!” El órgano cobró vida para el himno final e intentó competir con el escándalo. Fue un caso perdido.

Pero algo maravilloso ocurrió a la atmósfera entre la capilla y la carpa de la recepción. Donde había habido muecas frías y saludos de mano formales, ahora se apreciaban sonrisas y conversaciones en todo lugar. Los invitados de ambas familias reían y se daban unos a otros golpecitos en la espalda. Era difícil distinguir quién pertenecía a qué familia, excepto por los que llevaban atuendos tradicionales.

Surgieron conversaciones en toda la carpa de la recepción. ¿Viste caer a la dama de honor? ¡Apenas ver para creer! ¡Y las damas! ¡Y los padrinos! ¡Afortunadamente nadie se lastimó! ¡De seguro que esta boda será inolvidable! ¡De suerte que esa vela pesada no cayó encima de los gemelos! ¡El ministro hizo muy bien en terminar anticipadamente la ceremonia! Etcétera.

La camaradería continuó hasta la cena, entre brindis para Teresa y Leejan, entre arreglos de maquillaje y atuendos, entre más fotografías, entre el primer baile y mucho más. Todos relataban los acontecimientos una y otra vez, cada uno desde su propia perspectiva, encontrando otra razón para reír. Mucho antes de que concluyeran las festividades, los gemelos habían gateado debajo de la mesa y se habían quedado dormidos, otra vez.

Con el paso de los años, a medida que continuaban platicándose los recuerdos y relatos de la boda, la historia en sí se convirtió en una cordialidad común entre ambas familias. La gente de ambos lados del pasillo hablaba de los gemelos, quienes encontraron el lado gracioso de la catástrofe y empezaron a reír, rompiendo el hielo. La risa, decían, unió a todos como no habría ocurrido de otra manera. Siempre que ocurría algo sorprendente, alguien comentaba: “Eso no es nada. ¿Te acuerdas de la boda de Teresa y Leejan?” Y empezaban las carcajadas.

Uno de los ancianos se topó con la frase unidad en la diversidad y le pareció muy interesante. Se oía decir al padre de Leejan: “Antes pensaba que nuestras familias eran como el día y la noche. Quizá no lo son tanto, ahora hemos encontrado unidad en la diversidad. ¿Qué tal?” Por supuesto, no todos los miembros de las familias aceptaban el nuevo concepto pero casi todos lo habían adoptado hasta el punto en que los pocos que se resistían generalmente eran considerados como individuos que podrían ser felices si lo quisieran.

Una década más tarde, la novia y el novio tienen un matrimonio sólido y las personas de ambos lados del pasillo se han hecho buenos amigos. En las reuniones familiares, especialmente cuando se relatan los acontecimientos de la boda (los tres niños trilingües nunca parecen cansarse de escucharla), Leejan y Teresa se miran y sonríen, guiñan los ojos, o asienten acordando, sin tener que decir nada. Y algunas veces lo dicen en voz alta, Puede ocurrir... unidad en la diversidad. Y para ellos, sí ha ocurrido.

 

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